miércoles, 18 de agosto de 2010

Planear un linchamiento.


En orden cronológico, lo primero que hizo fue llorar mientras se tiraba en plancha a la cama. Y, depués, siguió llorando. Llorando hasta sentirse seca por dentro y su piel muy mojada. Lloró sin parar durante minutos que le parecieron horas, pero en ningún momento dejó de querer hacerlo. Parece ser que, llegado el momento, sus lágrimas dejaron de surcar su rostro de manera visible, al menos.


Recorrió lentamente su cuello, digo, su habitación. La observó como si nunca antes hubiera estado allí, como un cuadro de museo. Reparó en cada forma divertida que formaba el gotelé de la que había sido su vida entera en cuatro paredes.


Se movía acariciando cada centímetro de la colcha en la que se había sumergido tantas noches tristes de invierno (las tristes de verano no incluían colcha).


Recordó el momento que había imaginado y que nunca llegó a ocurrir, y el que ocurrió y jamás lo hubiera pensado.


Tuvo mucho miedo. Miedo e impotencia.

Después sintió un escalofrío. El propio de cuando no quieres dejar de sentir algo, y que se agrava al pensar que no quieres que otro algo sustituya al primer algo al que no quieres dejar de querer.


Creyó que se moría porque no respiraba. Apnea.

Podía oír grillos, sentir el frío de la noche de final de verano, del último verano antes del primer otoño, y, como si estuviera a punto de implosionar en llanto y veneno, fue testigo de su vida en diapositivas, con un denominador común.


2 comentarios:

El Señor Feo dijo...

SHALALALALALALALALALA! EN NOMBRE DE ALA, YIHÁ YIHÁ YIHAD

Eva dijo...

Conforme lo leía me imaginaba mi habitación(mi pequeña habitación), con su gotelé, también, y sus recuerdos en cada esquina...
En esas noches nadie te abraza tan bien como lo hace la almohada.
Pero yo no veo pasar mi vida en imágenes, la veo pasar en canciones. Para esta noche... elegiriía...Where is my mind. :)